Amar, esa palabra que creemos conocer

Amar, esa palabra que creemos conocer
Un día, una pregunta nos alcanza. No avisa. Puede surgir ante una pareja que lleva treinta años junta, o una noche cualquiera, sin nada especial, mientras doblamos la ropa: ¿qué es lo que yo llamo, de verdad, amar?
Una definición que nunca elegimos
La mayoría de nosotros nunca ha respondido con franqueza a esta pregunta. Llevamos una idea del amor igual que llevamos un acento: se ha instalado sin que la eligiéramos, sin que la examináramos. Viene de la mesa familiar en la que crecimos, de las primeras historias que nos dejaron huella, de películas que vimos demasiado pronto para entenderlas de otra forma que no fuera al pie de la letra. A veces viene también de una herida que nunca terminó de cerrarse y que sigue, en silencio, dictando lo que aceptamos y aquello de lo que huimos.
Esa definición heredada no la hemos escrito nosotros. Y, sin embargo, es ella la que elige por nosotros: quién nos gusta, qué toleramos, cuándo nos vamos y cuándo nos quedamos aunque deberíamos irnos.
El vértigo no demuestra nada
Hay una confusión que se resiste a morir, alimentada por décadas de canciones y guiones: la que convierte la intensidad en la medida del amor. Cuanto más nos descoloca, más auténtico sería. Cuanto más quema la ausencia, más grande.
El psicólogo Robert Sternberg propuso, en su teoría triangular del amor, distinguir tres ingredientes que no avanzan al mismo ritmo: la pasión, la intimidad y el compromiso. La pasión se enciende rápido y se apaga igual de rápido. La intimidad se construye sin hacer ruido, conversación a conversación, silencio compartido tras silencio compartido. El compromiso, por último, toma el relevo cuando ninguna de las dos basta por sí sola. Es una decisión que se renueva, mientras que la pasión es un fuego que se padece.
El vértigo de los comienzos es una señal, a veces acertada, a veces engañosa, que merece ser cuestionada en lugar de obedecida.
Lo que hacen distinto las parejas que duran
El investigador John Gottman dedicó buena parte de su carrera a observar parejas, unas abocadas a la separación y otras a una larga vida juntas. Hay una conclusión que se repite a menudo en sus trabajos: las parejas que aguantan no son las que evitan el conflicto, sino las que saben repararse después. Un comentario hiriente, unos morros que duran días, una torpeza: todo se juega en el gesto siguiente, el que sirve para hacer las paces.
Visto así, amar se parece menos a un estado permanente que a una práctica. Una práctica que se retoma cada día, de forma imperfecta, sin poder darla nunca por sentada.
Hacerse la pregunta, de verdad
Redefinir lo que llamamos amar no se consigue en una sola noche de reflexión. Aun así, algunas preguntas, planteadas con honestidad, abren una grieta:
- ¿Quiero a esta persona o quiero lo que su atención dice de mí?
- ¿Me quedo por elección o por miedo al vacío que encontraría si me fuera?
- Cuando todo va bien, ¿qué siento: paz o solo la ausencia de peligro?
- ¿De quién aprendí lo que creo saber sobre el amor? ¿Es de verdad esa la historia que quiero seguir escribiendo?
Ninguna tiene una respuesta correcta prefabricada. Sirven para salir, aunque sea un instante, del piloto automático.
Una idea que se puede reescribir
Esta herencia afectiva tiene algo de tranquilizador: lo que se transmitió también se puede corregir. No podemos cambiar nuestra historia, pero sí la forma de leerla y, con ella, lo que sigue escribiendo en nosotros.
Amar de verdad quizá dependa menos de la fuerza de lo que sentimos que de la claridad de lo que elegimos. Empieza por tener el valor de preguntarnos qué llamamos amar, sin conformarnos con la primera respuesta que se nos ocurra.